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🇵🇪 Lima

Me llamo Víctor. No me llames gringo, cabrón

El sábado murió Víctor. Decidió, por mano propia, ir a jugar a otras canchas. Quizás nuestra liga le quedaba pequeña. Quizás, y esto es una especulación mía, quería jugar una pichanga con Diego Jota, ya que era fanático a morir del Liverpool. O quizás…, bueno, quizás un quizás, las verdaderas razones solo su atormentado corazón y Dios las saben ahora.

Era joven, alto, veloz, alegre, y, como muchas veces en estos casos, parecía la vitalidad encarnada. Parecía… eso parecía. No solo era alto, sino que la genética lo había bendecido haciéndolo fuerte, al muy cabrón. La misma genética que le dio su progenitor como primer y último favor antes de marcharse. “Bueno, por lo menos un favor sí le hice, al hacerlo”, habrá pensado el fugitivo hombre antes de salir “por cigarrillos” y no volver jamás.

Siendo honestos, no me gustaba jugar en su contra. Era más rápido y más ágil, y encima sabía cómo pegarle al balón de media distancia. Me gustaba pensar que un día, un fausto día, sería el día de mi suerte. Me preparaba física y mentalmente, haciendo una lista de rivales a vencer para ese partido. “Hoy lo superaré en el uno contra uno”, pensaba ilusamente… o, como dicen los jóvenes, pensaba con la realidad alterada. Si bien colectivamente le gané en muchas oportunidades, hombre contra hombre… no recuerdo haberlo hecho. Al menos no de una forma clara, y que me hubiese permitido sacarme la espinita.

Víctor solo tenía a su madre, y su madre solo lo tenía a él, pues era hijo único. Su madre había decidido no tener más hijos y dedicarse a su retoño, y esta es otra especulación mía, supongo que a raíz de la decepción amorosa que había atravesado.

Víctor murió en su tierra, ¡perdón! Quise decir en su segunda tierra, porque aunque no era de aquí, amaba esta ciudad gris y sucia y atiborrada de carros, de forma incomprensible. Fue amor a primera vista, tan pronto puso un pie en esta ciudad, cayó profundamente enamorado de Lima, la gris. Muchos aún no se explican qué le vio. Otros se preguntarán: ¿Qué carajo hace un danés viviendo en Lima? ¿Por qué simplemente no hace vida allá, en el “primer mundo”, donde todo es más fácil? Yo, que cuanto más pasa el tiempo, menos certezas tengo en la vida, en esta sí tengo una. Sé la respuesta. Sé qué le vio a este lugar.

Recuerdo que en una oportunidad, durante uno de nuestros recurrentes partidos, uno de sus compañeros de equipo para pedirle que le pasara el balón, le gritó: “¡Gringo, pasámela!”.

En Perú, y esto es un dato cultural que me impactó, se le suele decir “gringos” a todos los extranjeros blancos, aún siendo europeos. Para mí, que nací en Venezuela, gringo solo era el estadounidense… al menos eso pensaba.

Víctor, a quien no le gustaba que lo llamaran gringo, y esto fue algo que descubrí justo en ese momento, le respondió: “¡Me llamo Víctor! ¡No me llames gringo, cabrón!”. Lo dijo con rabia, pero también con una pronunciación que me pareció graciosa.

Pensé: “¿Y este dónde aprendió a decir cabrón?”, y me eché a reír. Casi de inmediato intenté bajar la tensión; en un partido de fútbol, con la adrenalina del momento, pueden surgir peleas. Eso era algo que no entendía hace tres años, cuando aún no había empezado a jugar. “¿Es ilógico pelear en un ‘partidito’ de fútbol?”, solía pensar. Ahora, luego de tres años como jugador, lo entiendo. Sigue siendo ilógico, pero ya lo entiendo.

“Me gusta su actitud”, fue lo que pensé. Muchos simplemente asienten cuando los llaman por algún adjetivo, aunque no sea ofensivo, esquivando el pequeño conflicto de recordar que su madre les puso un nombre y que prefieren que los llamen por él. Después de todo, ¿qué define mejor a una persona que su propio nombre? Como alguien que vivió demasiados años siendo “el hermano de”, entendí la situación perfectamente. Aun así, me reí bastante con la escena, mientras ofrecía “apoyo aéreo” para desescalar y seguir jugando. Aunque esa misión ya estaba casi finalizada, uno siempre intenta bajar las tensiones en los partidos.

Sí… eso fue algo que me gustó de él: su irreverencia, su orgullo. Ese “no me llames gringo, cabrón” lo recordaré siempre. También, y aunque no lo vaya a hacer todos los días, ya que la memoria humana es limitada, al menos la mía, que a veces funciona como la de un pez, voy a recordar siempre nuestros días de fútbol. Miraré al pasado y pensaré: Recuerdo cuando no le podía ganar a Víctor. Cuando le dijo “cabrón” a alguno. Cuando se fue del torneo molesto, dejando tirado al equipo. Cuando luego, muy apenado, pidió disculpas a todos por haberlo hecho. Cuando luego de jugar íbamos todos a almorzar. Cuando jugábamos. Cuando reíamos. Cuando bromeábamos… Cuando el milagro de jugar fútbol ocurría en las canchas de Lima y él era parte de ese milagro.

Y es que todos los días ocurren milagros en esta ciudad. También algunas tragedias. Ese fatal sábado nos tocó vivir la tragedia, Víctor decidió irse.

Hoy, cuatro días después, volvió a ocurrir un milagro. O al menos uno pequeño, pero milagro al fin y al cabo: Después de meses, hice un gol en la cancha de Magdalena. Y sí, ¡es un milagro que yo haya marcado un gol allá!

Un gol que es para ti, amigo. Un gol por el milagro que fue haber compartido este tiempo jugando al, como dice Messi: fulbo.

Vic, hoy estarías feliz. El Liverpool le ganó al Madrid.